La botella estaba casi vacía y el dolor de cabeza era insoportable.
Blasfemando como un poseso, preparó el lienzo y los pinceles. Empezó a pintar.
Comenzó con un boceto general, siguió puliendo volúmenes, contornos y la luz. Hablaba y se expresaba como nadie usando el color. Algo de pan duro y queso, generosos tragos de vino, alguna pausa para evacuar... durante incontables horas sólo se dedicó a pintar.
Despertó en el suelo con un terrible dolor de espalda y se incorporó con dificultad. Delante tenía el cuadro, aunque era incapaz de recordar que lo había terminado.Se frotó los ojos, se puso las gafas, enfocaba con mucha dificultad.
Entonces lo vió todo. La muerte y la vida. El gozo y el sufrimiento. La muerte y el amor. La tensión y la calma. La grandeza y la misera. El todo y la nada.
Era lo mejor que había pintado en su puñetera vida.

* * *

Su agente recibió a la semana siguiente una carta, en la que leyó sorprendido que debaja la pintura, que había alcanzado su cima y que no podría mejorar. Que abandonaba su vida y su ciudad. Dentro del sobre también había una foto Polaroid de su última obra. Aunque no tenía mucha idea sobre arte, incluso él sabía que era realmente buena, podría venderla por millones.
De nada sirvió llamarle por teléfono, ir a su casa,... había desaparecido sin dejar rastro. Y también desapareció la posibilidad de llevarse una jugosa comisión.

* * *

Afortunadamente ningún acaudalado empresario, incapaz de distinguir un Velázquez de un Vermeer, tiene el cuadro en su poder. Está colgado en la pared de una cabaña de piedra y madera, iluminado por llameante luz de una chimenea. Bien es cierto que al cuadro le toca sufrir los renqueantes inicios del aprendizaje musical de su autor con un pequeño ukelele. Pero de algún modo, disfruta de la expectativa, de la posibilidad,... de si será capaz de crear una pieza musical de una grandeza equivalente a la suya propia.

Foto: uke 2, de dpup.